El Estado acaba de llegar: una cronología mínima del tiempo profundo
¿Crees que el Estado es un fenómeno humano muy antiguo? Puede que lo parezca. Vivimos entre documentos, fronteras, escuelas, impuestos, leyes, registros, permisos y calendarios administrativos. Nacemos inscritos, crecemos identificados, viajamos autorizados, trabajamos regulados y morimos dejando papeles.
Pero basta cambiar un poco la escala para que esa impresión se vuelva extraña.
El Estado parece antiguo porque nuestra vida transcurre dentro de él. Sin embargo, si miramos desde el tiempo profundo, su aparición es casi reciente. Antes de los reyes, de los funcionarios, de las leyes escritas y de las ciudades amuralladas hubo una inmensidad de tiempo sin Estado. Y antes incluso de cualquier ser humano capaz de imaginarlo, hubo universo, estrellas, galaxias, planetas, océanos, organismos microscópicos, animales, mamíferos, primates, homininos, herramientas, fuego, símbolos y relatos.
La historia escrita llega tarde. La historia humana, también. Y el Estado, todavía más.
Hace unos 13.800 millones de años nace el universo. No hay mundos, ni vida, ni noche humana bajo la que pensar. Hay materia, energía, expansión, enfriamiento, partículas, radiación, gravedad. Durante millones y millones de años, la realidad se organiza sin testigos. Se forman estrellas, mueren estrellas, nacen galaxias, se fabrican en el interior de los astros los elementos que mucho después formarán rocas, mares, huesos y sangre.
Hace unos 4.540 millones de años se forma la Tierra. Al principio no es un hogar. Es un planeta joven, ardiente, inestable, sometido a impactos colosales y transformaciones violentas. No hay continentes reconocibles, ni océanos tranquilos, ni cielo azul, ni animales, ni plantas. Solo un cuerpo rocoso haciéndose lentamente en torno al Sol.
Después llegan la corteza, los océanos primitivos y una atmósfera cambiante. La Tierra empieza a convertirse, sin saberlo, en un lugar posible. El agua líquida ocupa grandes extensiones del planeta. El mundo se enfría, se rompe, se recompone. Todavía no hay nadie para nombrar el mar. Pero el mar ya está ahí.
Hace al menos unos 3.700 millones de años aparecen las primeras evidencias de vida. Son formas simples, mínimas, casi invisibles. Durante miles de millones de años, la vida será sobre todo microscópica. Antes de los animales, de los bosques, de los ojos capaces de mirar o de las manos capaces de transformar el mundo, hubo células, metabolismo, reproducción, error, adaptación. Una historia inmensa sin rostro y sin relato.
Durante mucho tiempo, la vida no se parece en nada a nosotros. No camina, no mira, no habla. Persiste. Cambia. Ensaya. Ocupa espacios. Aprende, en el sentido más elemental de la palabra, a permanecer. Y esa permanencia silenciosa modifica el planeta.
Hace unos 2.400 millones de años, la atmósfera terrestre empieza a enriquecerse de oxígeno de forma decisiva. Para muchas formas de vida anteriores, aquello fue una catástrofe. Para otras, abrió posibilidades nuevas. El aire mismo cambió antes de que existiera ningún pulmón humano que pudiera respirarlo.
Muchísimo después aparecen células más complejas, organismos pluricelulares y formas de vida capaces de crecer, especializarse y organizar cuerpos. La vida deja de ser solo una presencia microscópica y empieza a desplegarse en arquitecturas visibles. Todavía falta un abismo de tiempo para que aparezca cualquier cosa parecida a un ser humano.
Hace unos 540 millones de años, durante el Cámbrico, las formas animales se diversifican de manera extraordinaria. Aparecen cuerpos más complejos, sentidos, movimiento, depredación, defensa. El mundo vivo empieza a volverse reconocible, aunque siga siendo radicalmente ajeno. Hay criaturas que nadan, se esconden, cazan, huyen. La vida adquiere una intensidad nueva.
Después, lentamente, algunos seres salen del agua. Las plantas colonizan la tierra firme; más tarde llegan artrópodos, anfibios, reptiles. El planeta se cubre de vegetación, de insectos, de huellas. La superficie terrestre deja de ser solo roca, agua y viento. Se convierte en escenario de vida.
Hace más de 200 millones de años aparecen los primeros mamíferos. Durante muchísimo tiempo son pequeños, discretos, casi secundarios en un planeta dominado por criaturas más visibles y poderosas. Viven en los márgenes, sobreviven, se adaptan. Una de sus ramas, sin que nadie pueda advertirlo, acabará conduciendo hasta nosotros.
Hace unos 66 millones de años desaparecen los dinosaurios no avianos. El mundo cambia de nuevo. Los ecosistemas se reorganizan, se abren oportunidades evolutivas antes imposibles y los mamíferos se diversifican. Mucho después, de una de esas ramas surgirán los primates.
Durante decenas de millones de años, los primates exploran nuevas formas de habitar el mundo. Manos, visión, aprendizaje, memoria y vínculos sociales transforman su relación con el entorno. La vida en los árboles, la mirada frontal, la coordinación del cuerpo, el cuidado de las crías y la atención a los otros preparan lentamente un camino que aún no es humano, pero empieza a acercarse.
Hace unos 7-6 millones de años aparecen los primeros homininos conocidos o candidatos. No hay una frontera nítida. No existe un instante solemne en el que pueda decirse: aquí empieza el ser humano. Hay fósiles fragmentarios, huellas incompletas, hipótesis abiertas. Hay cuerpos que se parecen y se alejan, especies que aparecen y desaparecen, ramas que no conducen directamente a nosotros y, sin embargo, forman parte de nuestra historia.
Hace entre 4 y 3 millones de años, algunos australopitecos caminan erguidos con una regularidad creciente. El bipedismo no convierte a nadie de golpe en humano, pero cambia la relación con el paisaje. Libera las manos, modifica la mirada, altera el cuerpo entero. Caminar sobre dos piernas no es todavía escribir, construir ciudades o enterrar a los muertos con símbolos, pero es una de las grandes transformaciones de nuestra genealogía.
Hace unos 3,3-2,6 millones de años aparecen las primeras herramientas líticas conocidas. Piedra golpeada contra piedra. Bordes cortantes. Gestos repetidos. Materias elegidas, transportadas, trabajadas. La técnica entra en escena de una forma elemental y decisiva. Antes de la palabra escrita, antes de la rueda, antes del templo, hubo una piedra modificada por una mano.
Hace cerca de 2 millones de años aparece Homo erectus o formas humanas próximas a él. Con él se amplían los territorios, los desplazamientos y la capacidad de vivir en paisajes distintos. El cuerpo se hace más parecido al nuestro en proporciones y marcha. La presencia humana, todavía arcaica, sale de África y se dispersa por regiones lejanas. El mundo empieza a ser recorrido por seres que ya no pertenecen solo a un lugar.
Hace cientos de miles de años se consolida el uso y control progresivo del fuego. El fuego calienta, protege, transforma los alimentos, prolonga el día y altera la noche. Pero también hace otra cosa: reúne. Alrededor del fuego, la oscuridad deja de ser solo amenaza. Se convierte en espera, refugio, conversación posible, transmisión. La noche empieza a tener centro.
Hace unos 300.000 años aparece Homo sapiens. Pero durante la inmensa mayor parte de su existencia no hubo ciudades, escritura ni Estados. Hubo grupos dispersos, desplazamientos, estaciones, caza, recolección, cuidados, técnicas, memoria oral, símbolos, adornos, enterramientos, música, imágenes, rutas y territorios recorridos generación tras generación.
Durante decenas de miles de años, los humanos viven sin archivo y sin administración. Sin censos, sin moneda acuñada, sin mapas oficiales, sin fronteras estatales. Y, sin embargo, no viven fuera de la historia. Viven en otra clase de historia: una historia de cuerpos, voces, herramientas, parentescos, rutas, animales, cuevas, ríos, estaciones y relatos.
Hace unos 70.000-60.000 años, grupos de Homo sapiens se expanden fuera de África con más intensidad. No son los primeros humanos que salen, pero sí los que acabarán poblando casi todo el planeta. Encuentran otros humanos, otros climas, otros animales, otras noches. La especie se dispersa y, al hacerlo, multiplica sus mundos.
Hace decenas de miles de años aparecen grandes manifestaciones simbólicas: objetos ornamentales, pinturas, grabados, instrumentos, sepulturas, signos cuyo sentido exacto muchas veces se nos escapa. Hay algo conmovedor en esa distancia. Vemos manos impresas en una pared y no sabemos quién las dejó, pero reconocemos el gesto. Una mano que ya no está quiso permanecer.
Hace unos 12.000 años, con el final de la última glaciación y el comienzo del Holoceno, se transforman las condiciones de vida en muchas regiones. Llegan la agricultura y la domesticación en distintos lugares y momentos. No como un único descubrimiento repentino, sino como una serie de procesos prolongados. Algunas comunidades empiezan a cultivar, a criar animales, a establecerse con más continuidad, a almacenar, a transformar el paisaje de un modo nuevo.
Después aparecen aldeas más densas, excedentes, especializaciones, templos, murallas, caminos, escrituras, cuentas, almacenes, jerarquías, ciudades. Y solo entonces, entre el IV y el III milenio a. C., surgen los primeros Estados en algunas regiones del mundo.
Habían pasado casi 13.800 millones de años desde el origen del universo. Más de 4.500 millones desde la formación de la Tierra. Miles de millones desde las primeras formas de vida. Cientos de millones desde la diversificación animal. Millones desde los primeros homininos. Cientos de miles desde Homo sapiens. Decenas de miles desde los grandes mundos simbólicos de nuestra especie.
Y entonces, muy tarde, aparece el Estado.
No es el principio de la historia. Es uno de sus últimos invitados.
Quizá por eso conviene mirar de vez en cuando hacia atrás, muy atrás, hasta perder casi la escala. No para empequeñecer lo humano, sino para situarlo. No para negar la importancia de las ciudades, la escritura o las instituciones, sino para recordar que todo eso ocupa una franja diminuta en una cronología casi inconcebible.
Nos parece que el Estado ha estado siempre ahí porque nosotros hemos nacido dentro de él. Pero el universo no nació con documentos. La Tierra no se formó con fronteras. La vida no empezó con ciudades. Los seres humanos caminaron, hablaron, cuidaron, cazaron, soñaron, pintaron y enterraron a sus muertos durante muchísimo tiempo antes de levantar archivos y palacios.
Visto desde nuestra vida, el Estado parece antiguo.
Visto desde el tiempo profundo, acaba de llegar.

Comentarios
Publicar un comentario