La técnica también hace sociedad
Leía un artículo sobre tecnología prehistórica esperando encontrar objetos y procedimientos, pero lo que apareció fue otra cosa: no tanto las cosas hechas como quienes las hicieron; no tanto los resultados como la trama de aprendizajes, correcciones y repeticiones que los sostienen.
Una técnica, vista de cerca, deja de ser solo un modo de fabricar algo y se convierte en una forma de estar con otros, en una continuidad de gestos que no pertenecen del todo a nadie y que pasan de unos cuerpos a otros como memoria viva.
Miramos los objetos como si fueran autónomos y olvidamos la escena que los hizo posibles: la torpeza inicial, la paciencia, la mirada que corrige, la exclusión de quien no pudo aprender y la decisión —explícita o no— de quién transmite y quién guarda.
Los autores lo resumen así: «materiales, técnicas y personas se organizan en códigos socialmente construidos».
La frase cambia la mirada porque la materia deja de ser neutra, la técnica deja de parecer universal y cada elección aparece como parte de una experiencia compartida que se deposita en los cuerpos, en la manera de sujetar, de golpear y de esperar el momento justo.
Hay saberes que pueden expresarse con palabras y otros que solo existen en la repetición atenta y en la imitación paciente, conocimientos que no se transmiten mediante instrucciones precisas, sino a través de la cercanía, la observación, el error y la corrección.
Más adelante, los autores precisan:
«Definimos la cadena operativa como el conjunto de acciones técnicas y operaciones físicas aprendidas socialmente que se dan en la secuencia de transformación, fabricación, uso y reparación de un objeto, cultural y socialmente estructurado a partir de unos recursos naturales también socialmente concebidos».
La definición abre una escena en la que cada paso deja de ser una operación aislada y pasa a formar parte de una continuidad que alguien tuvo que aprender de otra persona, de modo que la secuencia no es solo lógica o funcional, sino también social, porque implica tiempos de aprendizaje, espacios compartidos, criterios de corrección y formas de reconocimiento.
Lo que parece una cadena de acciones es, en realidad, una cadena de relaciones que se sostiene en la transmisión y en la repetición.
En esa transmisión aparece el poder, no como proclamación, sino como posibilidad: la de enseñar o negar, corregir o decidir cuándo alguien sabe lo suficiente.
No siempre se convierte en dominio, porque el conocimiento también puede circular como cuidado, ayuda o pertenencia, pero incluso entonces organiza las relaciones: quién aprende, quién enseña, quién depende de quién, quién puede actuar por sí mismo y quién debe esperar.
Nada de eso queda escrito de manera directa en los objetos, que solo ofrecen indicios y obligan a pensar con cautela, sin confundir regularidad con jerarquía, especialización con dominio ni complejidad con autoridad.
Una técnica compartida no demuestra por sí sola que exista desigualdad y una destreza difícil tampoco prueba que alguien la utilizara para imponerse sobre los demás, porque el poder no reside automáticamente en el conocimiento, sino en las condiciones concretas de su distribución, su transmisión y su control.
Por eso, más que decidir apresuradamente si hay poder o no, importa comprender cómo se reparte la capacidad de hacer, cómo se conserva, se transforma, se comparte o se cierra, y qué ocurre cuando muchas personas poseen un saber o cuando queda concentrado en unas pocas.
Antes de las leyes y de las instituciones, antes incluso de que el conocimiento pudiera fijarse en palabras, ya había personas que observaban y repetían, alguien mostraba un gesto, alguien lo ensayaba, alguien corregía y alguien decidía, de manera consciente o inconsciente, qué debía conservarse.
En ese proceso persistente había ya sociedad, una forma de organización que no necesitaba normas escritas para existir, sino prácticas compartidas que se sostenían en el tiempo.
Los objetos lo recuerdan sin decirlo, porque no son solo materia transformada, sino relaciones detenidas: memoria que ha sobrevivido a quienes la sostuvieron, decisiones cuyo origen desconocemos y gestos que consiguieron atravesar el tiempo.
Por eso una técnica nunca viaja sola, ya que lleva consigo una manera de hacer, de aprender y de pertenecer, y mientras transforma la materia, transforma también a quienes la practican, a quienes la transmiten y a quienes dependen de ella.
También hace sociedad.
Fuente: Manuel Calvo Trias y Jaime García Rosselló, «Acción técnica, interacción social y práctica cotidiana: propuesta interpretativa de la tecnología», Trabajos de Prehistoria, 71(1), 2014, pp. 7-22.
Artículo: https://tp.revistas.csic.es/index.php/tp/article/view/662